domingo, 31 de marzo de 2013

El otro

Insomnio -- Remedios Varo

"Ama y haz lo que quieras. 
Si callas, callarás con amor; 
si gritas, gritarás con amor; 
si corriges, corregirás con amor; 
si perdonas, perdonarás con amor. 
Si tienes el amor arraigado en ti, 
ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos"
Agustín de Hipona


Hay días como hoy en los que me siento triste. Más bien, hay días en los que me siento ciertamente solo. Creo que está en mi naturaleza el estar solo la mayor parte del tiempo, disfruto del silencio y de los paseos meditativos por el centro de Atenas. Me gusta escuchar mi pensamiento y me gusta echar a andar las fantasías para ver si surgen ideas fértiles. Así es, disfruto de pasar el tiempo conmigo, pero me gusta pasar el tiempo con la gente por igual. Los seres humanos somos gregarios por naturaleza, pero habemos algunos que sólo necesitamos de la compañía de unos cuantos, mientras que otros requieren de un grupo muy grande, en el fondo, todas las personas tenemos esa necesidad del otro para poder ser.

Hoy es uno de esos días en los que siento que me falta el otro. Después de alrededor de 10 horas de estar en uniforme, llego a mi apartamento por la noche para encontrarme con un desierto de silencio.  Me dispongo a dormir, pero sólo doy vueltas en la cama y pienso, pienso en el día, pienso en mañana, pienso en el otro. ¿Quién es? ¿Dónde está? Abrazo la almohada esperando que me abrace de regreso. No lo hace. Sigo pensando. Tengo amigos y me tengo a mi. Siempre me he tenido a mi, aun cuando no tenía amigos, aun cuando Atenas era una ciudad nueva llena de rostros desconocidos. ¿Qué ocurría hoy? ¿Serían la fatiga del día y el aburrimiento de estar en casa que me conducían a esta desolación? ¿Sería que pasar demasiado tiempo lejos de casa evidenciaba una soledad latente? Siempre había tenido suficiente con mi propia compañía, incluso estando lejos de mi familia ¿Qué ocurría hoy? Hace calor y doy vueltas en la cama. No se cuanto tiempo llevo haciéndolo, pero me doy cuenta de que mi cama está deshecha en la oscuridad. Enciendo la luz y arreglo las sábanas. Me paseo por el apartamento en silencio.

 Miro el reloj, son las dos de la mañana. Estoy en la reserva y como no me han llegado mensajes, muy probablemente no tenga que volar mañana. Generalmente avisan con anticipación. Me invade la desesperación de tener poco en qué ocuparme al día siguiente. Siempre me había bastado mi propia compañía. ¿Qué pasaba ahora? Voy a la cocina y tomo un vaso de agua. Regreso a la cama y abrazo la almohada sin esperanza alguna. Pienso en la cantidad de gente que transcurre por la vida. Nunca habíamos sido tantos y sin embargo nunca habíamos estado tan poco conectados unos con otros. Esa era la herida: el anhelo de conexión con el otro, el deseo de establecer ese vínculo especial que te sorprende haciendo cosas de las que no te creías capaz, la búsqueda de un compromiso tan dinámico como la vida misma.

Tanta gente transita por la vida, tanta gente camina alrededor de uno y pocos nos atrevemos a seguirle el paso a otro. Hoy me pega este hecho. Uno va por la vida sin percatarse de que frente a uno se cruza una multitud de personas amables: todos ellos son el otro. Me descubro en la cama porque siento mucho calor y vuelvo al baño. Me miro en el espejo "todos ellos son el otro" me repito. Camino por el pasillo y me siento en el salón unos minutos, vuelvo a la cama, me tumbo y veo la hora: las dos y media.      

Hoy es uno de esos días en los que me siento solo, pero no me gusta sentirme víctima de las circunstancias. Si todos ellos son el otro y todos ellos son amables, entonces es necesario tener los ojos los suficientemente abiertos. El otro está ahí, el otro ha pasado frente a mí en innumerables ocasiones, he hablado con él y me ha hecho clara su intención de abrirme su corazón, yo por otro lado, distraído por mi estilo de vida y sumergido en mis paradigmas no lo veo, sonrío como sonríe uno de manera automática cuando da las gracias a la mujer que atiende un expendio de café sin consciencia alguna. Recuerdo de golpe que dejé el teléfono apagado desde el aeropuerto y que probablemente me han contactado de la reserva. Busco a tientas el teléfono en la mesa de noche y lo enciendo, tengo un mensaje de la compañía. Volaría a Tel Aviv a las 10:40 de la noche del día siguiente. Miro el reloj de nuevo, son las 3:20 de la mañana y hace un calor infernal. Maldigo en la oscuridad el hecho de que durante las reservas, es mucho más evidente que nuestra alma le pertenece a la compañía.

Cierro los ojos y me decido a no dormir más, sino tan sólo a descansar la mente. ¡Cuántas oportunidades perdidas! ¡Cuántos hombres amables que dejo pasar! Cuántos corazones fértiles que pasan frente a mi, sedientos de compromiso, ávidos de amor, cuántos corazones distraídos y anestesiados como el mío. ¿Podré reconocerlo cuando pase frente a mí la próxima vez? ¿Estará preparado para verme? ¿Me buscará?

Derrepente disminuye el momento de mis pensamientos, la noche parece serenarse, no hay coches en la calle, impera el silencio, mi habitación pareciera una isla en medio del mar, no estoy solo, estoy conmigo, quiero al otro, pero quién es el otro, "todos ellos son el otro" me respondo con más calma, "basta con dar amor". Pienso en la suave calma de la madrugada  "¿Quién es ese que no necesita el amor de nadie... ... ...?"

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