domingo, 10 de marzo de 2013

La caja del dolor



Los vuelos de largo radio siempre fueron mis preferidos. En la nueva compañía, el vuelo más largo que operamos es al aeropuerto de Heathrow y dura hasta 4 horas y sinceramente extraño aquellos largos viajes. Un vuelo de más de 9 horas es muy distinto. La dinámica a bordo es muy diferente: los pasajeros viajan lejos de casa y la tripulación se prepara para pasar un tiempo fuera de su base, lo cual es una gran oportunidad para conocerse y hacer nuevos amigos. Los vuelos cortos puede ser operado por un avión pequeño con hasta 4 o 5 tripulantes de cabina, mientras que en los vuelos de largo radio se realizaban en un enorme Airbus A340 que iba tripulado por 11 de nosotros. Navegar en un tubo metálico presurizado con 295 pasajeros durante 9 horas era sólo parte de la experiencia, una vez que llegábamos a nuestro destino, los 11 tripulantes de cabina nos convertíamos en turistas. Los pilotos tenían su propia dinámica.

En una ocasión dada que iba en el vuelo de medio día a Nueva York, llegué temprano por la mañana al centro de documentación de la tripulación para darme cuenta que todos, a excepción de la jefa de cabina, éramos hombres y todos éramos homosexuales. Lambrina me recordaba mucho a mi madre: una mujer de armas tomar unos 25 años mayor que yo. Lambrina era toda una veterana en la compañía, y aunque había gente con más años de antigüedad, ninguno era tan interesante como ella. Delgada, morena clara, de ojos verdes y nariz aguileña. A diferencia de mi madre, Lambrina era muy espontánea y encarnaba la imprudencia. De mente muy abierta, pero con un temperamento explosivo, esta mujer causaba polémicas en todos los vuelos que tripulaba por la forma en la que trataba a algunos pasajeros. Lambrina rara vez hacía vuelos de corto radio por su antigüedad.

 Esta era la segunda ocasión que volaba con Lambrina a cargo. La primera fue más bien irrelevante y aunque mis compañeros y yo esperabamos con ansia presenciar un episodio de "actitud Lambrina", no se dio la ocasión. Del resto de los compañeros, tan sólo destacaban Giorgos y Alex: colegas y amigos de mucho tiempo. Giorgos es 8 años mayor que yo, pero entró a trabajar a la compañía al mismo tiempo que yo. Bien parecido y simpático, pero también muy solitario. Alex nunca nos ha querido decir su edad pero calculo que es unos 20 años mayor. Ya tenía un largo camino andado en la compañía y por eso había sido designado como el segundo a cargo. Por lo general, los pasajeros solían quedar muy satisfechos con él siempre que habíamos volado juntos. Lambrina nos asignó a mí y a otros dos muchachos para trabajar en clase ejecutiva con Alex a cargo. Ella eligió supervisar la clase económica en la que trabajarían Giorgos y el resto.

Éstas posiciones se mantendrían al regreso. Salimos a tiempo y durante el despegue, uno de mis colegas a quien llamaré Pavlos, acomodó su mano sobre mi muslo, cuando demoró en quitarla, empecé a pensar que eso no había sido por accidente, y cuando comenzó a acariciarme fue que cogí su mano regreándola sobre su propio muslo. Lambrina observaba la escena desde su asiento en la puerta opuesta del avión mientras se reía divertida.

Me hubiera gustado que el vuelo fuera lo suficientemente tranquilo e irrelevante como para poder evitar a Pavlos, sin embargo a más de la mitad del vuelo, mientras me disponía para dormir en la parte trasera de la cabina económica, me encuentro con un tumulto de pasajeros que estaba de pie alrededor de Lambrina y de un hombre de complexión grande. La audiencia observaba atenta como Lambrina le dejaba claro al hombre que no iba a permitir su intolerancia ni su fanatismo a bordo. Me acerqué a indagar con Giorgos y resultó ser que mientras Lambrina servía el café, olvidó ofrecerle al señor. Al parecer el señor estaba muy molesto por el descuido y se levantó del asiento para reclamarle a Lambrina en frente de los demás pasajeros. Giorgos me explicó que Lambrina se disculpó y le dijo que en seguida pasaría por su lugar, el hombre se dio la vuelta murmurando que "that's what you get when fags and a hag serve your flight". De acuerdo con Giorgos que servía café en el pasillo contiguo, Lambrina se encendió al instante y lo confrontó gritando que repitiera eso que dijo en fuerte para que todos los pasajeros pudieran ver el tipo de persona que realmente es. Los pasajeros de alrededor se levantaron para evitar que el problema creciera, y fue en ese momento que llegué yo. Alex y Pavlos no tardaron en llegar. El hombre tuvo a mal decir que si ahora iba a comenzar el "gay parade", por lo que Lambrina decidió que sería mejor esposarlo. Mientras intentábamos amagarlo, el hombre golpeó a Pavlos en la cara. Lambrina me asignó hacerle una curación a Pavlos, lo cual complicó más la situación. A tres horas de llegar a Nueva York, las autoridades fueron avisadas. El hombre fue remitido a las autoridades correspondientes al aterrizar.

Un hombre fue físicamente agredido y otro fue arrestado, uno de ellos pasará la noche detenido odiando más a los homosexuales puesto que ya no hay valores y cada vez hay más gente que los defiende y otro dormirá en un hotel de Nueva York generando cada vez más prejuicios en contra de los heterosexuales. Al llegar al hotel, me dirigí a mi habitación para dormir. Justo cuando iba meterme a bañar, me llamó Alex para decirme que los demás querían ir a Manhattan a tomar algo. Pregunté si iría Lambrina, pero me dijo que era mejor no avisarle. En un instante me di cuenta que era un "plan gay".

Seguramente iríamos a Greenwich Village y terminaríamos un club cuyo nombre seguramente no recordaría, Pavlos bebería demasiado y probablemente habría que llevarlo cargando de regreso al hotel, Giorgos no bebería tanto y probablemente terminaría coqueteando con un musculoso con predilección por las "nutrias", pero no le daría más entrada que su amistad en facebook y un "Let mi nou huën iu kom tou guris" (Let me know when you come to Greece). Alex se sentaría conmigo añorando la época en la que usaba pantalones con 32 cm de cintura. Me diría algo como "Diviértete un poco, ahora que estás jóven" y yo le daría un abrazo y le diría que me bastaba su compañía para divertirme, para posteriormente expresar mi amargura interior con una exhalación por la boca mientras pensaba en mi cama con nostalgia. Los demás se perderían en una multitud de descamisados para no volver a ser vistos hasta el día siguiente.

Acepté la propuesta. El plan salió tal y como lo había previsto, excepto el hecho de que además de Pavlos, tuvimos que cargar a otro tripulante que trabajaba en clase económica y cuyo nombre se me escapa. Pavlos intentó abrazarme mientras abría la puerta de su habitación, para después confesarme que estaba enamorado de mí. Yo le respondí que lo lamentaba mucho, pero que mi corazón le pertenecía a Kevin Costner. Él sólo lo maldijo en la oscuridad.  Tengo elementos para pensar que Pavlos se escapó de su habitación unos minutos después y terminó acostándose con el tripulante anónimo. Siempre me ha parecido increíble la energía que tiene mucha gente.

La agresión del hombre, la comodidad y conveniencia de la anestesia que producen las drogas que tomaron varios de mis compañeros esa noche, la soledad de Alex, la necesidad de conexión de Pavlos y otros elementos que se sucitaron en ese viaje me hicieron reflexionar mucho y me hicieron traer a la superficie una verdad que me causo bastante escozor. Muchas actitudes que vi esa noche son evocadas para conjurar el dolor y la soledad. Hay mucha gente homosexual que ha sido muy lastimada por las personas que más deberían brindarles apoyo en los momentos más difíciles. La aparición de una cultura subterránea es producto del rechazo: si tú no eres aceptado por un gran sector de la sociedad, pero tampoco por tu familia, es muy posible que busques refugiarte en un grupo de gente similar a tí que comparte tu mismo dolor. El no ser aceptados nos empuja al "underground". Nos orilla a extraernos de la sociedad y fundar una pequeña sociedad donde nos sentimos aceptados y donde no nos sometemos a los contratos sociales habituales. Nos metemos en una caja diferente mostrando que no necesitamos de esa sociedad que nos lastimó.

Estoy convencido de que el dolor es un parteaguas en la vida de las personas. En muchas ocasiones, es a través de las experiencias más dolorosas que nos levantamos más fuertes y completos. Es bien cierto que tu peor verdugo es tu mejor maestro. Una multitud de personas han llegado muy lejos a partir de su capacidad de darle un sentido a aquello que los tiró en el pantano para usarlo como tabla de salvación. Sin embargo, el dolor también es capaz de destrozar vidas destinadas para el triunfo. Hay dolores que ahogan, invaden, golpean, matan, arruinan y destruyen. El dolor es una disyuntiva en la que tenemos que elegir o de darnos un par de minutos para llorar para después levantarnos y seguir caminando con mucha más experiencia que antes o dejarnos morir.

Me considero afortunado de tener una familia que decidió no renunciar a mi por mi preferencia sexual y que está abierta a escucharme en cualquier situación, pero también creo que es muy importante tener buenos amigos que estén parados en una situación similar a la nuestra que puedan escuchar esas cosas que no le contarías a tu hermana. Desafortunadamente, en esa búsqueda de comprensión, en ocasiones nos rodeamos de compañías que se están ahogando en su dolor y entonces nos olvidamos de que aquello que nos hace sufrir se supera encontrándole un sentido y nos enfocamos en borrar el pasado para anestesiar nuestro dolor. Nos exponemos al ruido para distraernos, empezamos a respirar ruido y finalmente somos ruido. Estamos distraidos por un mundo de estímulos sensoriales que nos aceleran y nos vuelven temporalmente ciegos, pero cuando termina la fiesta y despertamos, más solos que antes y frente al mismo dragón que hemos estado tratando de evitar. Si en el trabajo tenemos una horrible experiencia, nos volvemos rebeldes, nos llenamos de ruido y nos olvidamos por un momento de que aunque no queramos, seguimos perteneciendo a ese mundo que en algunas ocasiones nos hace sentir tan mal.

Muchas veces me pregunto si este separatismo no estará agudizando nuestro dolor. A veces pienso que toda esa energía que ponemos en ser una entidad diferente de la sociedad convencional lo único que logra es separarnos más. ¿Qué tan poco convencionales estamos siendo?¿Qué tan diferentes somos en realidad? Si pensamos con perspectiva, nos daremos cuenta que la sociedad es un entramado muy colorido: hay culturas, religiones, etnias, profesiones y gustos diferentes que confluyen en un tiempo y un espacio determinado. Cada una tiene un origen y un punto de reunión, pero todas forman ese tejido que llamamos sociedad. La preferencia sexual es un hilo más en ese sweater conformado por otros miles de hilos diferentes. Podemos tener un sentido de pertenencia y es muy enriquecedor poderse reunir a compartir experiencias, pero debemos siempre ubicarnos en el contexto que vivimos. Los miembros de la comunidad judía se reunen en la sinagoga y los cristianos van a la iglesia los domingos. Algunos participan en actividades durante la semana, pero nunca dejan de ser miembros activos de la sociedad y estoy seguro de que un judío invitaría a un cristiano a la boda de su hija y que el cristiano asistiría sin problema alguno.

Refugiarnos en el ruido lo único que hace es clasificarnos dentro de la caja del dolor. El mundo es dificil, pero no queda otra más que seguir bailando. Vivir duele mucho y algunas personas padecen dolores emocionales inimaginables que ni siquiera tienen que ver con su preferencia sexual. Si nos duele algo, lo único que podemos hacer es buscar gente genuina que sea capaz de acompañarnos con sus buenos sentimientos durante nuestro nuevo despegue. Si vemos que alguien está padeciendo, lo mejor y más útil que podríamos hacer es  ser empáticos, incluyentes, cálidos y abiertos en caso de que nos lo soliciten. Nuestra utilidad en el mundo radica en ver de eliminar todas esas fronteras de dolor que hemos creado nosotros mismos. Todos somos hebras de distintos colores que nos entretejemos en una enorme red. Nadie es responsable de nuestra hebra más que nosotros mismos, así que lo único que podemos hacer es procurar no lastimar y hacer lo propio toda vez que seamos lastimados.

Después de esa noche tan ajetreada, Lambrina nos ha regañado a todos por no avisarle que saldríamos. Era claro que varios tenían una resaca tremenda. El vuelo de regreso a Atenas partió por la tarde. Fue uno de esos vuelos indiferentes en los que casi nadie tenía ánimos de trabajar. Parecía que sólo éramos 6 tripulantes en lugar de 11 y los pasajeros parecían notarlo. Aterrizamos sin problemas y a tiempo en Atenas. Fatigados, recogimos nuestro equipaje y nos dirigimos hacia nuestras casas. Una vez en la cama, llamé a mis padres para contarles lo sucedido. Tatuada en mi mente está la frase de mi madre: "No te quejes, mejor proponte hacer lo que tengas que hacer para que haya menos lágrimas en el mundo. Con una menos ya es suficiente." 


   

  
  

No hay comentarios:

Publicar un comentario