domingo, 24 de febrero de 2013

Me gusta el olor a cloro tanto como los hombres

Por lo general, cuando se habla de la cama, se habla de cosas muy diversas. La cama puede ser un sitio de descanso, recuperación, convalecencia o recreación. Toda vez que se dice "vamos a la cama", se está haciendo referencia a un acto placentero. En la humilde opinión de un servidor, pocas cosas son tan satisfactorias en la vida como quitarse el uniforme y tirarse en la cama sin importar que esta no sea la de uno. Desafortunadamente en mi profesión, la mayoría de las ocasiones en las que nos quitamos el uniforme para tumbarnos en la cama, lo hacemos para apagar la luz y dormir hasta que nos despierta una llamada telefónica.

Hoy desperté a las 9 de la mañana después de haber dormido sólo 4 horas por causa de un retraso de más de dos horas en el último tramo de Estambul a Atenas y por mi loco afán de dejar toda mi ropa sucia lavada y planchada. Ahora mismo, a las seis y media de la tarde, me encuentro tirado en una cama con la mitad de mi uniforme en un hotel del aeropuerto de Düsseldorf pensando si prefiero recuperar el sueño o hacer uso de la piscina techada.

Dormir y nadar son algunas de las cosas que más disfruto, en especial después de trabajar. Creo sin embargo que en este caso renunciar a nadar tiene una clara desventaja: un par de horas más de sueño no me van a hacer sentir menos cansado mañana. Además, desde que era niño he tenido una extraña predilección por ese olor a cloro que se da en las albercas techadas. No está por demás decir que siempre me he caracterizado por tener gustos poco comunes, de manera que la mayoría de las personas se sorprenden cuando ven que puedo comerme el wasabe a cucharadas, que me enloquecen los pepinillos en vinagre, que me regocijo con las canciones tristes o que me gustan los hombres.

Es quizás esa última la que más comentarios genera. Realmente nunca he entendido por qué la homosexualidad levanta tantas cejas y voltea miradas en todas las sociedades del mundo. Hay demasiada estupidez en el hecho de odiar a alguien porque le gustan las personas de su mismo sexo. He perdido suficiente tiempo tratando de comprender la raíz de este odio y he llegado a creer que todo es producto de una enseñanza de antaño mal fundamentada que ha prevalecido hasta ahora y que por ser antigua nadie se cuestiona. En mi opinión personal la homosexualidad es un gusto más. De la misma manera que existe gente que verdaderamente disfruta una sopa de lentejas, habemos muchos hombres a los que nos gustan los hombres y hay mujeres a las que les gustan las mujeres. Es cuestión de fajarse los pantalones, superar prejuicios y hacerse a la idea que así es la vida. No es por preocupar a los lectores homofóbicos (si es que hubiera uno que me siguiera leyendo), pero en una de esas que hagan enojar a Dios y hasta les sale un hijo homosexual.

Nunca faltará aquel pajero mental complicado que busca sorprender a todos con palabras rimbomantes y teorías retorcidas sobre el origen de la homosexualidad mientras adopta una pose como de analista político de la telebasura, mientras se le escurre la babita de la boca ¡Es más, en una de esas hasta moja los calzones!

La realidad es que sea como sea, habemos homosexuales en el mundo, por lo que destinar recursos a indagar sobre algo tan ambiguo y esquivo me resulta ilógico, en especial si esta investigación esta más o menos encaminada "curar" o "contrarrestar" la homosexualidad y los males que conlleva. Es un hecho que hay una gran lista de males arrastrados por la homosexualidad, pero no es necesario abordar temas como la etapa fálica, el Complejo de Edipo, el día de las madres o la infalibilidad del papa que les enchinan la piel a muchos "intelectuales" para acallar ese dolor. Sólo basta con crear una sociedad incluyente en la que lo diferente; léase preferencia e identidad sexual, etnia o religión; carezca de toda importancia. Con esto no quiero decir que crea que debemos esperar a que la sociedad cambie para poder sanar, sino que debemos también ser más solidarios entre nosotros mismos y no recurrir a la humillación y autodestrucción tan frecuente.

Mi preferencia sexual no me define como persona. No me gustaría ser "Rubén el homosexual", preferiría ser "Rubén con un montón de atributos buenos y malos entre los cuales, por ahí, entre muchas otras cosas neutrales, se encuentra que es gay". Poco más de la mitad de mis compañeros de trabajo son abiertamente homosexuales y creen que vivo en el clóset. Esto no podría ser más falso; nunca he tenido pena o miedo de caminar de la mano de otro hombre en la calle, de presentarlo a mi familia o incluso de tener muestras de afecto en público. No tengo nada que esconder, simplemente no me parece apropiado exponer mi vida sexual en todo momento.

 En algún otro momento tendré el placer de contarles sobre el paquete de etiquetas que uno trae puestas por el simple hecho de ser homosexual, por el momento me retiro a nadar antes de que cierren la piscina. Posteriormente pasaré a hacer el uso previamente específicado de mi cama. Por favor permanezcan sentados con el cinturón de seguridad abrochado hasta que el capitán apague la señal luminosa. Les pedimos tener cuidado al abrir los compartimentos superiores ya que el equipaje de mano se pudo haber movido durante el aterrizaje. Esta línea aérea agradece su preferencia y esperamos verlos nuevamente a bordo de uno de nuestros vuelos.


domingo, 17 de febrero de 2013

Mi nombre es Rubén Darío y entre otras cosas, soy muchas cosas más.



Antes de empezar a escribir, creo que es preciso presentarme y hablar un poco de mí. Por lo general, las personas tendemos a querer escarbar en la vida de las demás personas sin darnos cuenta que en la mayor parte de los casos nos enfrentamos a un mundo de máscaras. Es realmente poca la gente que es generosa con sus sentimientos y su corazón. Cada vez que nos acercamos a alguien desconocido empezamos por aprender sus nombres, sus edades e incluso sus profesiones, nos hablan de sus casas, sus coches y sus familias y nos narran una serie de aventuras y hazañas que por lo general son poco relevantes. Diría el Principito que llevamos una conversación de adultos. Nos interesamos únicamente en hechos concretos y cifras: en la periferia. Es realmente poca la gente que nos abre la puerta para hablarnos desde el corazón. No culpo a esta gente, yo no comparto el contenido de mi corazón con cualquiera. Compartir el corazón es arriesgarse, es exponerse al dolor, es mostrarse vulnerable. Es por eso que por lo general optamos por hablar de cosas poco importantes como el clima o lo bonitas que son algunas mascotas. Hoy voy a hablar de la periferia y también voy a hablar del corazón: del corazón de todos ustedes, queridos lectores,  y probablemente también un poco del mío, que a fin de cuentas es la misma cosa.

   Mi nombre es Rubén Darío o simplemente Rubén, tengo 29 años y al igual que Miguel Bosé, nací en Panamá. Mis padres, ambos nacidos en Creta, decidieron ponerme este nombre en honor al mismísimo poeta nicaragüense que logró cautivar a mi madre. Irónicamente, nunca he leído nada de él. Por mi parte, creo que me hubiera gustado llamarme como Miguel Bosé, dada mi personalidad y mi gusto artístico hubiera sido mucho más congruente. Podría decirse que desde mi nombre, soy una contradicción encarnada: me gusta la literatura pero leo poco; soy alérgico a las tonterías y sin embargo digo y escribo tanta mierda que bien podría llenar unos veinte libros de superación personal y desbancar a unos cuantos autores cuyas frases comercializadas aparecen como epigrafes en agendas; soy de izquierdas, repudio la hipocresía de la religión y lucho por la libertad y la vanguardia sin dejar de considerarme creyente en Dios y seguidor de los valores universales. En fin, es posible ver desde ya que este recorrido que vamos a hacer a las profundidades del corazón no es precisamente un paseo por el parque.

  Si bien nací en Panamá, por el trabajo de mi padre he vivido en diferentes ciudades como Buenos Aires, Amsterdam, Montreal, México y finalmente en Atenas donde me he decidido quedar. Desde muy pequeño supe que me gustaba acercarme a la gente y hablar de aquello que había en su corazón: por eso estudié psicología. Tengo que decir que en los cuatro o cinco años que estuve en la facultad, he escuchado más mierda de lo que una persona normal podría escuchar en toda su vida. Me apena ver el perfil de muchas de las personas con las que comparto profesión a nivel mundial. Más aún, me apena ver la cantidad de gente que practica la psicología sin ningún conocimiento del funcionamiento de la mente y del alma. Estos criminales sólo saben sacar plata de los corazones en agonía durante años dejándolos en un peor lugar que en que comenzaron. Intoxicado por la farsa y el falso intelecto, decidí irme a Grecia a trabajar para la legendaria compañía Olympic Airlines como tripulante de cabina de pasajeros. Después de su trágica quiebra, tuve la gran fortuna de entrar en otra compañía más pequeña, pero pujante que sólo opera dentro de Europa.

   Este soy yo: Rubén Darío de 29 años, panameño de nacimiento y de corazón, griego por azar, psicólogo de formación, tripulante de cabina de profesión, disfruto de leer, cocinar y hablar largas horas, detesto la falsedad, el abuso y la mierda, soy obsesivo del orden, soy contradictorio e incongruente, sensible y estoico, disfruto de la felicidad y encuentro un potencial estético en la melancolía. Me gusta el olor a cloro al igual que los hombres. No siento atracción por el sexo femenino. Trabajo muy duro y me gustaría hacer un posgrado, pero la situación en mi país de residencia no me lo permite. Soy un reflejo de tí, al igual que tú eres un reflejo de mí. Soy yo mismo e igual que tu, entre otras cosas, soy muchas cosas más. Quiero contar mi historia, quiero darle sentido al dolor que hay en el corazón de muchos que son como yo, quiero darle sentido a mi vida.