¿Han visto alguna vez en la televisión el tipo de
comerciales que ponen las líneas aéreas? A excepción de algunas compañías que
luchan como adolescentes por su individualidad dentro del mercado, todos
acostumbran ir por la misma línea: comienza el anuncio con una toma de un cielo
computarizado con nubes y una pieza musical como el Oboe de Gabriel: hermosa,
nostálgica y digna de no ser quemada en un acto mercadotecnia tan cutre. De repente aparece un enorme avión haciendo un
giro, es la nave insignia de la compañía. Un narrador con un vozarrón grave y
sexy empieza a hablar sobre la línea y lo maravillosa que es mientras se
muestran escenas de la vida diaria de la compañía en cámara lenta. Todas ellas
ocurren en un mundo de sonrisas plásticas en el que los retrasos, las pérdidas
de equipaje, el mal tiempo, las tripulaciones abusivas y los pasajeros ebrios o
demandantes no existen. El clímax de la producción ocurre en el momento en el
que una lindísima azafata con piernas de modelo, peinada y uniformada a la perfección
acomoda una cobija a un pasajero dormido en clase de negocios. Sobra repetir
que nadie ha dejado de sonreír: ni la azafata ni el pasajero dormido, seguro
que fue un gran día en el estudio de grabación. Posteriormente, la cámara hace una toma del exterior del avión
que vuelve a hacer un giro para dirigirse hacia un sol que se empieza a
esconder en el horizonte.
Me pregunto si alguien creerá en todo este pastel de
imágenes falsas todavía. Todo ese “glamour” asociado con el transporte aéreo se
había comenzado a perder desde mucho antes que yo entrara al mundo de la
aviación, por lo que un par de imágenes retocadas con personajes salidos de
“Stepford Wives” no debería de ser lo suficientemente convincente para la
mayoría de las personas.
Algo que siempre me gustó de trabajar en Olympic es que,
debido a nuestra mala reputación,
ninguno de nuestros pasajeros esperaba ningún elemento de toda la
parafernalia de atenciones que otras compañías sí suelen prometer. Si hablamos
con honestidad, a pesar de que Olympic ya no era la gran compañía de antes, la
mayoría de nosotros nos esforzábamos por hacer bien nuestro trabajo con los pocos
recursos que teníamos. Eso sí, había colegas que fumaban en los servicios y se
sabía que en las rutas a Australia que hacían escala en Bangkok, algunos
tripulantes ofrecían relojes de imitación (con la anuencia de los pasajeros)
durante la venta libre de impuestos metiendo así el dinero en sus bolsillos.
Tengo que admitir que siempre encontré algo de romanticismo
en el hecho de acomodar la cobija de alguno de mis pasajeros, pero debo decir
que nunca lo he hecho. Desde que trabajaba en Olympic hasta este momento he
procurado ofrecer el mejor servicio posible, esto incluye pasearse varias veces
por todo el avión, estar al pendiente de los pasajeros y responderles de manera
genuina. Adicionalmente me gusta mucho entablar conversaciones con algunos
pasajeros que se aparecen en el área de servicio para estirar las piernas, sin
embargo siento que el mundo se ha vuelto demasiado peligroso como para acercarse
a un pasajero dormido, especialmente si uno es hombre.
Aprovecho este momento para mencionar que los seres humanos adquirimos el conocimiento a través de la categorización de los objetos, sin embargo nos hemos olvidado que la clasificación no es más que una de las herramientas que tiene la mente para analizar los accidentes de las cosas y diferenciar sus esencias. De esta manera pensamos que el universo se encuentra en verdad compartamentalizado y quela naturaleza responde a nuestro orden de categorización humano. Este error de conocimiento nos lleva al sufrimiento, puesto que en la realidad la pertenencia a diferentes conjuntos no es tan matemática. En el universo, un dado conjunto tiene una infinidad de subconjuntos, cada uno con características particulares que no comparte con el otro. Si vemos el comercial de una compañía aérea al azar, pensaríamos entonces que el mundo de la aviación es un mundo elegante y glamouroso, repleto de todo el romance asociado con los viajes y el conocer el mundo. Los tripulantes de cabina son todos muy atractivos, sin embargo no saben más que servir café, abrir puertas, desarmar toboganes y acostarse con los pilotos y alguno que otro pasajero. Si son hombres, entonces seguramente se la comen doblada. Además, todo hombre que se aproxima físicamente a una mujer busca al menos tocarle las nalgas o los senos.
Si… en efecto el mundo se ha vuelto demasiado peligroso como
para acomodarle la cobija a un pasajero. Imagínense que me acerco a una mujer
dormida para subirle la cobija hasta los hombros y ella despierta y me ve ahí, sonriendo como en el
comercial y con las manos a menos de dos centímetros de su torso. Sería peor si
le acomodara la cobija a un hombre, seguramente su reacción sería similar a la
de la mujer, pero acompañada de una fuerte dosis de virilidad, orgullo macho y
narcisismo, ya que si soy azafato seguro soy gay, y si soy gay seguramente me
quiero acostar con absolutamente todo hombre que se me ponga en frente, aunque huela a calzón de
basquetbolista y no se haya lavado los dientes en tres semanas.
Hablando de etiquetas y de homosexualidad, todo lo gay es
continuamente blanco de juicios y etiquetas por parte de la sociedad.
Desafortunadamente, casi todas las etiquetas que recibimos son bastante
negativas o bastante superficiales. Hace un año hacía la compra con la última
pareja que tuve en un supermercado pequeño en el centro de Atenas. Mientras
estábamos haciendo fila para pagar, una señora de unos 50 años nos preguntó si
éramos pareja. Dijo que nunca había visto una pareja de hombres tan de cerca, y
mencionó que debíamos de ser muy buenos artistas. Realmente no se lo tomé a mal
porque tenía una curiosidad y una calidez muy genuinas, pero no todos los
homosexuales nos dedicamos al arte, incluso seguramente habrá algunos a los que
no les gusta. Tampoco todos cortamos pelo en estéticas, vestimos bien o le
diseñamos el vestido de novia de nuestra mejor amiga. Sí hay algunos que, como
yo, señalamos las salidas de emergencia de un avión mientras éste se alinea con
la pista de despegue, pero hay otros que reparan autos, diseñan tuberías,
juegan fútbol o calculan probabilidades. Ser homosexuales no nos hace sólo
buenos artistas o sensibles y estetas de nacimiento, de hecho conozco
homosexuales bastante descorazonados.
Por otra parte, la sociedad suele considerar a los
homosexuales como bestias sedientas de sexo. Recientemente mientras recogía la
basura en un vuelo hacia Tel Aviv, me encontré con un recado en una servilleta
escrito por la mujer del 2A que a grandes rasgos traía un número telefónico y
una propuesta para realizar un trío. No juzgo el acto ¡Qué bien que haya gente
con la creatividad y apertura para ejercer su sexualidad como a ellos se les
antoja! A mí no me llama la atención dicha experiencia. Soy hombre y me gusta el sexo, pero no es en lo
único que estoy pensando y no me apetece meterme ni con una mujer, ni con
alguien que no conozco. Además, la gente piensa que sólo los homosexuales son
promiscuos y cambian frecuentemente de pareja, olvidándose de que la
promiscuidad era una mujer heterosexual que iba sentada en el asiento 2A de
aquel vuelo hacia Tel Aviv. Tampoco el uso de drogas es exclusivo de
homosexuales, tan sólo ayer en un restaurante en Atenas fingí no ver a un
hombre inhalando coca en el baño para luego irse a sentar a la mesa con su
esposa.
He tenido la oportunidad de convivir con muchísimos hombres
que usan cuellos en v, que van al gimnasio, que les gusta el arte, que tocan el
piano y que compran flores para su casa que no son gay, también hay mujeres a
las que les gustan los automóviles y que traen el pelo corto, pero que les
atrae Kevin Costner tanto como a mí. No hay reglas escritas, las virtudes y
defectos son propios de la especie humana, no de alguna minoría o subgrupo de
la población.
Soy Rubén, si me ves caminar por la calle, probablemente no
sabrás nada de cómo soy, pero te harás una idea con base en tus experiencias
previas con personas que te recuerden a mí. Si tienes un poco de más suerte y
soy tripulante alguno de tus vuelos, entonces tus juicios hacia mí estarán
basados en lo que tú crees que sabes de mi profesión. Muy probablemente creas
que soy gay. De ahí te vendrán toda una serie de pensamientos sobre lo que hago
debajo de mis sábanas sin saber que estás en un error: desde ahora te digo,
tiene más de seis meses que no voy a un club, nunca he probado la droga y no he
tenido más de tres parejas en toda mi vida. No tengo VIH ni soy un vector de la
enfermedad y tampoco estoy buscando acostarme con cualquier hombre. Todo es un constructo de tu cabeza edificado
con lo que tú crees que implica ser gay. Ser gay no significa nada más que una
preferencia sexual, las etiquetas son un espejismo que creaste tú con base en
tus experiencias previas y la información que te dieron otras personas que a su
vez pudo haber sido fabricada de la misma forma.
Lo mismo aplica para otras situaciones: ser
musulmán no tiene nada que ver con ser árabe, talibán, terrorista o misógino, la
honestidad y los valores de una persona no están en función de su etnia, ser
hombre o mujer no tiene ningún efecto en el desempeño intelectual de una
persona… Todas estas etiquetas son mentiras que nos repetimos a nosotros mismos
tantas veces, que en ocasiones llegamos a creer que son verdad.
En la medida en la que tengamos bien claro que como seres
humanos tendemos a categorizar el mundo que nos rodea, pero que esta
categorización no es más que una fantasía, estamos en el camino correcto para
entender que las etiquetas que ponemos en las cosas no son reales y que la
separación que percibimos entre nosotros y las personas es meramente virtual.
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