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| Todos vivimos en una jaula: a veces es oscura como un armario y a veces es de oro |
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| ¿Qué tan grande es tu armario?¿A quién le das acceso a tu vida íntima? |
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| ¿Eres feliz en el espacio que te puso la vida?¿Puedes buscar otro espacio en el que seas más feliz? |
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Hay días que recuerdo bien y otros que no tanto. De ese día recuerdo pocos detalles, recuerdo que desperté temprano y que hacía mucho frío. Seguramente era una típica mañana de enero en la Ciudad de México. De esas que tienen un sol radiante que no calienta. Me dirigí a la universidad como cualquier día e hice mis labores correspondientes, regresé a casa por la tarde para comer, terminé mis pendientes, salí del armario con mis padres, leí un poco y me fui a dormir.
Nunca me gustó el ambiente que había en la licenciatura que hice. La palabrería era un fenómeno que reinaba el ámbito académico. Tanto mis compañeros como profesores se bombardeaban entre ellos con terminología y jerga para impresionarse los unos a los otros, pero tengo la impresión, si es que no es la certeza, de que ninguno de ellos comprendía lo que estaba diciendo. Por lo general añoraba regresar a mi casa para comer y trabajar en mis tareas. Siempre tenía que leer mucho. Había cosas muy interesantes, pero también había mucha mierda metida en la selección de mis profesores. Después tenía que escribir y hacer algunos reportes.
Ese día mi madre me preguntó que por qué no salía con la hija de una de sus amigas de la comunidad griega. Tenía ya unos meses insistiendo con lo mismo y repitiendo que me veía muy solo. En este día de enero con mañana soleada pero fría no pude evadir más la pregunta. "Porque me gustan los hombres", respondí malhumorado. Mi madre me pidió que no fuera grosero, que dejara de ser tan irónico con ella y que hablara en serio. Repetí mi respuesta, esta vez con solemnidad. No pude evitar que se me escurriera una lágrima. Reinó el silencio por unos cinco minutos. Mi mamá me observaba confundida y yo me llené de miedo, pensaba que me iba a echar de la casa. "¿Cómo, te quieres volver mujer?" me preguntó confundida mientras nos adentrabamos en el silencio.
Me levanté de la silla y la llevé al salón donde le expliqué la situación. Ella se quedó callada un rato viendo el suelo y dijo "a mi me enseñaron siempre desde niña que a los hombres les gustan las mujeres y a las mujeres les gustan los hombres". Se levantó del asiento para completar la frase "voy a comprenderte porque eres mi hijo querido, pero debes entender que tengo que deshacer muchas estructuras en mi cabeza y me va a tomar tiempo asimilarlo". Me dio un abrazo que duró un largo período y continuó estoicamente el día como si nada hubiera pasado. Mi padre me cuestionó un poco más. Preguntó si estaba seguro o si ésto no era una etapa de esas que nos dan a los jóvenes modernos y que llevan nuestras vidas a la perdición, pero finalmente quedó en el mismo plano que mi madre. "¿No tienes VIH?", preguntó mi padre al día siguiente. "No papá, no es una enfermedad exclusiva de homosexuales", respondí yo.
Estuve recibiendo ese tipo de preguntas con mucha frecuencia durante un tiempo. Hubo un par de veces que me exasperé y pedí que dejaran de tratarme de convencer de ser algo que no soy. Con el tiempo se dieron momentos de hostilidad, momentos de frustración y fricciones bastante incómodas. Parecía que conforme pasaba el tiempo mis padres no asimilaban la situación, sino que se resistían cada vez más a aceptarla. Hasta que un santo día, mi madre me pidió que la acompañara al supermercado. Hicimos la compra muy rápido y cargamos el coche con las bolsas, después mi madre me pidió que la acompañara al banco a sacar dinero y después a comprar un regalo para alguien.
Posteriormente, mi madre me dijo que necesitaba pasar a casa de su profesor de yoga que se iría de viaje al día siguiente, para pagarle aquellas dos clases en las que se le olvidó llevar la cartera y no pudo pagar. El regalo sería en agradecimiento por el año de clases.
Mi madre es una mujer canosa, bajita y regordeta que tiene esa claridosidad tan inocente que tienen las mujeres de antes. Con toda esa transparencia, era muy fácil ver que mi madre tramaba algo. A sus entonces 65 años, mi madre seguía comportándose con la inocencia de una niña, por lo que era evidente que quería que conociera a su profesor de yoga.
"Mamá, ¿Por qué me quieres presentar a tu profesor?" -- pregunté yo y ella se rió de manera cínica. Mi madre y yo nos hablábamos en una combinación de griego y español, pero esta conversación se llevó a cabo enteramente en griego. "Es un buen muchacho, creo que le gustan las mismas cosas que a tí, todo eso de la mente y los hombres con vello corporal abundante" -- respondió ella mientras se seguía riendo. "¡Mamá!" -- reclamé con incomodidad. "¿Ahora dirás que eres un santo y que te incomoda hablar del asunto? Si soy tu madre, te conozco y he visto como los miras" -- se defendió ella. Nos quedamos en silencio por un largo rato.
"También es dificil para los padres, ¿Sabes?" -- dijo interrumpiendo el silencio. "Nadie nos enseña a ser padres, sabemos que ustedes no son nuestra propiedad, entendemos que son libres y autónomos, pero es mucho más dificil en la realidad" -- añadió y tomó un respiro mientras estacionaba el coche frente el portón de la casa de su profesor "si en algún momento te ofendimos, te pedimos una disculpa, pero debes entender que aunque no me estoy excusando, nos educaron de una manera y por eso teníamos ciertas expectativas, para ustedes es duro ser aceptados, pero dudo que se detengan a pensar que para nosotros también es muy difícil romper muchos paradigmas que nos enseñaron desde niños para que nuestros hijos puedan caber cómodamente en nuestras vidas sin problemas". Abracé a mi madre como nunca y me dio por llorar. Ella me abrazó de regreso y nunca más volví a recibir comentarios hostiles de su parte.
Lo del profesor de yoga no llevó a nada. Aunque era un hombre ciertamente interesante, era ilógico pedirle su teléfono en ese momento. Todo el camino de regreso a la casa, mi madre me estuvo dando guerra con que era muy tonto de no haberle pedido el teléfono "¿Te educamos para ser tan lento?"-- decía -- "¡A veces eres demasiado prudente y cobarde!"(creo que incluso llegó a usar la palabra "
malakas"). Poco después nos enteramos que se había ido a de viaje a ver a su pareja que vivía en Sao Paulo y mi madre paró de traer a la conversación mi torpeza emocional. Una lástima, pero al menos ni siquiera hubo tiempo para que ilusionara.
Siempre he creído que tengo mucha suerte. Varios de mis amigos me han dicho que les hubiera encantado que sus papás reaccionaran de esa manera, incluso, un gran número de personas que conozco en todo el mundo ni siquiera se ha atrevido a insinuar el asunto en sus familias. Debo decir que las cosas no fueron del todo bien en mi familia durante un par de meses, pero en el presente creo que yo también debí de haber entendido a mi familia un poco más. Nunca es fácil para ninguno de los involucrados. Hay muchos prejuicios y estructuras que prevalecen. Para un padre que muy posiblemente fue educado con estructuras tradicionales no debe ser fácil pensar que su hijo se adentra a un "mundo de perdición", con el tiempo, los que se dan la oportunidad se dan cuenta que eso sólo es un prejuicio.
El proceso por el que pasamos para salir del armario es quizás de lo más complejo que hay. Cada quien pasa por una serie de etapas que son únicas a sus circunstancias, pero puedo decir que siempre es difícil: algunas veces más que otras dependiendo de la familia y la cultura. Durante este período, hay familias que se separan, hijos que huyen y vidas que se destruyen, pero también puede ser una gran oportunidad para sanar viejas heridas y cambiar estructuras familiares fallidas. He oído varios conocidos que dicen "mi padre nunca volvió a hacer un comentario homofóbico frente a mi". Sin duda alguna la salida del armario es un periodo decisivo en la vida de cualquier homosexual por su impacto en la dinámica social.
¿Pero qué es ese proceso de salida del armario? ¿Qué elementos juegan? ¿En qué influye? Para este pobre azafato cuyo cerebro está inflamado por pasar tantas horas en un ambiente seco y dormir en diferentes zonas horarias, no hay respuesta. Cada persona sopesa las diferentes variables que influyen en su vida y decide hacerlo de diferentes maneras, o simplemente no hacerlo. Muchas personas decidirán compartir su vida íntima con un grupo selecto de personas, mientras que habrá otras personas que no reparan en sacar las plumas a todo el mundo. En el caso de un servidor, nunca lo he escondido, pero como no lo considero importante, no lo menciono a menos que me lo pregunten.
La oscuridad y la estrechez del armario varían en función de cada
individuo. Algunas personas pueden vivir perfectamente felices sin tener
que abrirse ante sus padres porque no le dan mayor importancia a la
vida familiar, sin embargo quizás puedan tener problemas en
comunicarselo a sus mejores amigos. Para otras personas, la aprobación familiar es de suma importancia, por lo que abrirse a la familia puede ser un tema muy problemático. Creo que aquellas personas que pueden asumirse como homosexuales frente a las personas que tienen más peso en su vida personal suelen ser mucho más resilientes que aquellas personas que tienen que vivir escondidas. Dar el paso no es fácil y cada quien se tomará el tiempo necesario para hacerlo. El meollo del asunto es poder ser uno mismo sin ataduras ni restricciones.
Es importante que si conocemos personas que se encuentran viviendo anónimamente en dolor y oscuridad de un armario, les sirvamos de plataforma para afrontar sus miedos y les demos el apoyo necesario cuando necesiten un hombro en quien recargarse cuando las cosas se pongan mal. Existe mucha gente que vive aplastada por el "qué dirán?" y por la falta de aprobación de la familia y es importante proveerles una estructura interina sin vicios en la que puedan confiar y a la que se puedan acercar toda vez que consideren necesario.
Tengo suerte, de verdad que me considero muy afortunado, de verdad
que
justifico y acepto la envidia de mis conocidos, pero no se puede
permitir que las expectativas de otros empañen nuestra felicidad. No
podemos esperar tener todas las variables del juego a nuestro favor para
perseguir nuestras metas. La demás gente rompe sus cadenas y derriba sus muros cuando nos ven libres y sin prejuicios en nuestro hacer
silencioso del día a
día: trabajando, siendo empáticos, abiertos y amorosos, congruentes
con nuestra bandera y ayudando a que, como en alguna ocasión dijo mi
madre, haya una lágrima menos en el mundo. Esa es la única forma de
demostrar que nuestra humanidad no está en función de lo que hacemos
debajo de las sábanas, que somos inmunes al juicio y que estamos por encima del odio. Cualquier otra lucha ruidosa, creo que será
inútil, porque el ruido y la confrontación sólo engendran más odio.
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| A veces las expectativas nos orillan a vivir escondidos. |
| La vida llama a la puerta una, dos, tres, miles de veces... Las lechuzas siguen llegando con cartas. |
| ¿Tenemos miedo de ser quien somos? ¿Tenemos miedo a vivir? |
| ¿Es el rechazo lo suficientemente funesto como para preferir refugiarnos en la oscuridad húmeda y fría del armario debajo de las escaleras? |