Antes de empezar a escribir, creo que es preciso presentarme y hablar un poco de mí. Por lo general, las personas tendemos a querer escarbar en la vida de las demás personas sin darnos cuenta que en la mayor parte de los casos nos enfrentamos a un mundo de máscaras. Es realmente poca la gente que es generosa con sus sentimientos y su corazón. Cada vez que nos acercamos a alguien desconocido empezamos por aprender sus nombres, sus edades e incluso sus profesiones, nos hablan de sus casas, sus coches y sus familias y nos narran una serie de aventuras y hazañas que por lo general son poco relevantes. Diría el Principito que llevamos una conversación de adultos. Nos interesamos únicamente en hechos concretos y cifras: en la periferia. Es realmente poca la gente que nos abre la puerta para hablarnos desde el corazón. No culpo a esta gente, yo no comparto el contenido de mi corazón con cualquiera. Compartir el corazón es arriesgarse, es exponerse al dolor, es mostrarse vulnerable. Es por eso que por lo general optamos por hablar de cosas poco importantes como el clima o lo bonitas que son algunas mascotas. Hoy voy a hablar de la periferia y también voy a hablar del corazón: del corazón de todos ustedes, queridos lectores, y probablemente también un poco del mío, que a fin de cuentas es la misma cosa.
Mi nombre es Rubén Darío o simplemente Rubén, tengo 29 años y al igual que Miguel Bosé, nací en Panamá. Mis padres, ambos nacidos en Creta, decidieron ponerme este nombre en honor al mismísimo poeta nicaragüense que logró cautivar a mi madre. Irónicamente, nunca he leído nada de él. Por mi parte, creo que me hubiera gustado llamarme como Miguel Bosé, dada mi personalidad y mi gusto artístico hubiera sido mucho más congruente. Podría decirse que desde mi nombre, soy una contradicción encarnada: me gusta la literatura pero leo poco; soy alérgico a las tonterías y sin embargo digo y escribo tanta mierda que bien podría llenar unos veinte libros de superación personal y desbancar a unos cuantos autores cuyas frases comercializadas aparecen como epigrafes en agendas; soy de izquierdas, repudio la hipocresía de la religión y lucho por la libertad y la vanguardia sin dejar de considerarme creyente en Dios y seguidor de los valores universales. En fin, es posible ver desde ya que este recorrido que vamos a hacer a las profundidades del corazón no es precisamente un paseo por el parque.
Si bien nací en Panamá, por el trabajo de mi padre he vivido en diferentes ciudades como Buenos Aires, Amsterdam, Montreal, México y finalmente en Atenas donde me he decidido quedar. Desde muy pequeño supe que me gustaba acercarme a la gente y hablar de aquello que había en su corazón: por eso estudié psicología. Tengo que decir que en los cuatro o cinco años que estuve en la facultad, he escuchado más mierda de lo que una persona normal podría escuchar en toda su vida. Me apena ver el perfil de muchas de las personas con las que comparto profesión a nivel mundial. Más aún, me apena ver la cantidad de gente que practica la psicología sin ningún conocimiento del funcionamiento de la mente y del alma. Estos criminales sólo saben sacar plata de los corazones en agonía durante años dejándolos en un peor lugar que en que comenzaron. Intoxicado por la farsa y el falso intelecto, decidí irme a Grecia a trabajar para la legendaria compañía Olympic Airlines como tripulante de cabina de pasajeros. Después de su trágica quiebra, tuve la gran fortuna de entrar en otra compañía más pequeña, pero pujante que sólo opera dentro de Europa.
Este soy yo: Rubén Darío de 29 años, panameño de nacimiento y de corazón, griego por azar, psicólogo de formación, tripulante de cabina de profesión, disfruto de leer, cocinar y hablar largas horas, detesto la falsedad, el abuso y la mierda, soy obsesivo del orden, soy contradictorio e incongruente, sensible y estoico, disfruto de la felicidad y encuentro un potencial estético en la melancolía. Me gusta el olor a cloro al igual que los hombres. No siento atracción por el sexo femenino. Trabajo muy duro y me gustaría hacer un posgrado, pero la situación en mi país de residencia no me lo permite. Soy un reflejo de tí, al igual que tú eres un reflejo de mí. Soy yo mismo e igual que tu, entre otras cosas, soy muchas cosas más. Quiero contar mi historia, quiero darle sentido al dolor que hay en el corazón de muchos que son como yo, quiero darle sentido a mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario